Tener el peso correcto de un objeto es sinónimo de ser justos y eso lo sabían desde la antigüedad las civilizaciones que buscaron cómo pesar lo que vendían.


Antes de Cristo, hace 5.000 años,  tanto los egipcios como los babilonios comenzaron a utilizar uno de los primeros modelos de básculas, ya que necesitaban pesar el polvo del oro que usaban para crear joyas. 


Utilizaban una tabla de madera y dos platos, cada uno de ellos situados de lado a lado. Estos tres elementos se unían con una cuerda y el peso del polvo se podía precisar colocándolo en uno de los platos y diferentes pesas de medida en el otro extremo.


En la época de los romanos se inventó el mecanismo que actualmente conocemos en una báscula básica, donde en una barra de hierro con un agujero se colgaba otra estructura y se anexaban dos ejes o brazos diferenciados, uno corto, donde se ponía el objeto que se deseaba pesar y otro más largo, donde se situaban las muescas que formaban una escala graduada con las diferentes unidades de peso.


Con el tiempo se añadió una cuchilla en la parte que existía una oscilación del brazo, con el fin de mejorar su precisión y luego se le incorporó una aguja indicadora.


La evolución total se dio en el siglo XX con la báscula de un solo plato, que ha permitido optimizar el tamaño y el funcionamiento, hasta llegar a las básculas electrónicas que puede encontrar en cualquier tienda departamental o de servicio.